Guía completa para leer las Meditaciones

Estoicismo

El estoicismo recibió su nombre del Pórtico1 de Atenas, donde Zenón, hacia el 300 a. C., enseñó por primera vez sus doctrinas. Con un carácter más religioso que cualquier otra filosofía griega, introdujo una nueva fuerza moral en el mundo. Dejó la especulación intelectual en un segundo plano y llevó la actitud moral de los cínicos más allá en el terreno de la recta conducta. En él se injertó el fervor oriental en la agudeza griega, pues Zenón era un griego de origen fenicio de Chipre, y Crisipo, el san Pablo que definió y consolidó2 el estoicismo, un natural de Cilicia como el Apóstol.

A pesar de sus orígenes, el estoicismo demostró una maravillosa adaptación al carácter práctico romano y, bajo la tiranía de los primeros césares, constituyó la única fortaleza inexpugnable3 de libertad para los romanos más nobles. Alcanzó su punto culminante y halló a sus más altos exponentes como credo vivo en el cortesano Séneca, el esclavo frigio Epicteto y el emperador Marco Aurelio.

La filosofía estoica constaba de Lógica, Física y Ética.4 La Lógica, que comprendía la Dialéctica y la Retórica, era el instrumento necesario de toda especulación;5 pero Marco no halló satisfacción en ninguna de sus dos ramas, ni tampoco en aquella parte de la Física dedicada a la Meteorología.6

La idea central del estoicismo era la Vida conforme a la Naturaleza, y Marco se convirtió a su búsqueda, posiblemente, por influjo de Sexto el beocio.7 Por «Naturaleza» se entendía la Razón rectora del Universo.8 El estudio de la Física resultaba necesario para comprender adecuadamente el Cosmos y nuestra posición en él, y constituía así la base científica de la filosofía; sin embargo, se la consideraba estrictamente subordinada y un simple medio para un fin.

Aunque confiesa cierta decepción respecto a sus progresos en ella,9 no cabe duda de que Marco conocía a fondo la física estoica. Reconociendo plenamente el valor de un espíritu científico de indagación,10 describe como propio del alma racional el «recorrer el Universo entero y captar su plan»,11afirmando que «nadie puede ser bueno sin nociones correctas sobre la Naturaleza del Todo y su propia constitución».12

Para los estoicos, el Universo —Dios y la Materia—13era Uno: toda la Sustancia, unificada por la íntima simpatía14 e interdependencia de las partes, formaba una sola entidad junto con el Poder racional que se extendía con ella. El Ser Primordial, mediante su Fuerza informadora,15 que actuaba como corriente ígnea o atmosférica16 sobre la materia inerte, desplegó a partir de sí mismo un Cosmos, siendo las modificaciones posteriores consecuencia de ello.17 Este Universo es destruido periódicamente por el fuego,18 retornando de nuevo a su Ser primitivo, tan solo, no obstante, para ser creado de nuevo19 con arreglo al mismo plan hasta en los detalles más insignificantes; y así eternamente.

Siendo Dios y la Materia de este modo indistinguibles —pues todo lo que no era Dios en su forma original lo era en sentido indirecto como manifestación suya—, el credo estoico era inevitablemente panteísta. También era materialista; pues los estoicos, al no conceder existencia a nada incorpóreo, mediante su extraña teoría de las corrientes de aire20 inherentes incluso a cosas abstractas como la virtud, dotaban de corporeidad no solo a estas, sino al propio Dios, a quien llamaban el «Ser vivo perfecto».21 Ahora bien, sus concepciones en este punto parecen verdaderamente irreconciliables, pues mientras por un lado se refieren al Poder Supremo con nombres como Zeus, Causa o Fuerza, Alma, Mente o Razón del Universo, Ley o Verdad, Destino, Necesidad, Providencia o Naturaleza del Todo, por otro lo identifican con términos como Fluido Ígneo o Calor, Éter (aire cálido) o Pneuma (corriente atmosférica).

Otras teorías físicas procedían de Heráclito, y Marco alude constantemente a ellas, como el ciclo «descendente y ascendente» de los elementos22 a medida que emanan del Fuego primordial: el aire pasando al fuego, el fuego a la tierra, la tierra al agua y así de vuelta,23 y la célebre doctrina de que todas las cosas están en constante cambio y flujo.24

El ser humano consta de Cuerpo, Alma e Inteligencia, o bien de Carne, Pneuma y la Razón rectora.25 Ahora bien, la ψυχή (alma) puede contemplarse de dos maneras: como πνευμάτιον, una exhalación de la sangre,26 y como ἡ νοερά, ἡ λογικὴ ψυχή, es decir, la Razón rectora. Es esta última, una «porción» o «emanación»27 de lo Divino, lo que constituye al hombre verdadero. Marco habla a menudo de esta naturaleza racional28 del hombre como de su daimon, o genio entronizado en su interior,29 y hace depender todo el problema de la vida de cómo esta Razón se trate a sí misma. Como todo lo racional está emparentado entre sí, estamos hechos para la comunidad con los demás y, siendo el universo uno, lo que afecta a una parte afecta al todo. La Razón es como una Ley para todas las criaturas racionales, de modo que todos somos ciudadanos de un Estado universal.30 En este cosmopolitismo los estoicos se aproximaron a la visión cristiana, al quedar la ética desvinculada de la política nacional y dotada de un alcance universal. No era una virtud claustral la que predicaban los estoicos, encaminada a enseñar cómo puede un hombre salvar su propia alma, sino una bondad práctica y positiva;31 aunque no puede negarse que las exigencias de la αὐτάρκεια (la autosuficiencia del Yo interior) y la κοινωνία (la interdependencia social de las partes de un todo común) no son fáciles de conciliar. Es indudable, en todo caso, que la admisión por parte de los estoicos de los esclavos en la hermandad de los hombres ejerció un efecto humanizador sobre la esclavitud, y la conocida inclinación de Marco en favor de las manumisiones bien pudo deberse a su credo.32

Solo de la virtud pueden derivarse la felicidad y la paz mental, y la virtud consiste en la sumisión al Poder superior y a todo lo que nos envía, en el dominio sobre nuestra naturaleza animal, en la liberación de toda turbación33y en la entera independencia del Yo interior. Puesto que la vida es Opinión34 y las cosas no son sino lo que creemos que son, la cuestión vital estriba en qué asentimiento otorgamos a las impresiones de nuestros sentidos. «Borra la imaginación», dice Marco una y otra vez, «y estarás salvado».35 «No te consideres herido y permanecerás ileso».36 Anhela el día en que deje de verse engañado por sus impresiones y zarandeado como una marioneta por sus pasiones,37 y su alma entre en una gran calma. Pero la virtud ha de manifestarse también, al igual que la fe, en obras rectas. Significa no solo dominio de sí, sino justicia y benevolencia hacia los demás y piedad para con los Dioses.

Por los Dioses Marco entiende a veces la Razón rectora;38 otras veces, en apariencia, Dioses en un sentido más popular, como aquellos que son incluso visibles a los ojos.39 Plantea a menudo la disyuntiva entre Dios (o los Dioses) y los Átomos,40 pero cree firmemente que existen Dioses inmortales41 que cuidan de la humanidad, conviven con ella y auxilian incluso a los hombres malvados.42 Se exhorta a invocarlos, a seguirlos,43 a ser su servidor, a vivir con ellos y a asemejarse a ellos.44 También ellos forman parte del Cosmos y están sujetos a sus limitaciones, y con nuestra propia lealtad al Destino contribuimos al bienestar y la permanencia del propio Dios. No obstante, un Orden predestinado de las cosas implicaba el fatalismo, y a los estoicos les costó grandes esfuerzos defender el pleno libre albedrío.

Por desgracia, el sistema estoico no dejaba espacio para la Inmortalidad. A lo sumo, el alma solo podía existir hasta la siguiente conflagración, momento en el cual debía absorberse de nuevo en el Ser Primordial. Séneca, ciertamente, que no era un estoico ortodoxo, habla en términos casi cristianos de una vida venidera nueva y bienaventurada,45 pero Epicteto da la espalda con resolución, y Marco con evidente desgana, a una esperanza tan entrañable para el corazón humano. En cierto pasaje este último llega a emplear la expresión «otra vida»,46 y le parece duro aceptar que las almas de quienes estuvieron en más íntima comunión con Dios perezcan para siempre al morir.47 Pero no se lamenta. Está preparado para cualquiera de los dos destinos: la extinción o el traslado a otra parte.48

Queda una cuestión más: la del Suicidio. Los estoicos lo permitían si las circunstancias hacían imposible que un hombre mantuviera su rectitud moral.49 La puerta está abierta, pero la llamada ha de ser muy clara.50 Con todo, el acto parece del todo inconciliable con la doctrina de la sumisión al Destino y con la consideración de las cosas externas como indiferentes.

En este breve esbozo del estoicismo mucho ha debido omitirse forzosamente, y mucho puede parecer oscuro; pero el propio Marco confiesa que «las cosas están en cierto modo tan envueltas en el misterio que incluso a los estoicos les ha resultado difícil aprehenderlas».51 Esto, al menos, sabemos: que el estoicismo inspiró algunas de las vidas más nobles jamás vividas, dejó su impronta humanizadora en el Derecho romano, del que somos herederos, y apela de manera muy especial a algunos de los instintos más elevados de nuestra naturaleza.

  • 1.Στοὰ ποικίλη.
  • 2.εἰ μὴ γὰρ ἦν Χρύσιππος, οὐκ ἂν ἦν Στοά, verso anónimo citado por Diógenes Laercio, Vida de Crisipo 5.
  • 3.Véase viii. 41, 48.
  • 4.Véase viii. 13.
  • 5.Véanse las Disertaciones de Epicteto, i. 17.
  • 6.Véase i. 7, 17, § 4; vii. 67; viii. 1.
  • 7.i. 9, § 1, 17, § 5. Pero Rústico (i. 7) y Máximo (i. 15) fueron sus principales maestros en el estoicismo.
  • 8.Véase vii. 11.
  • 9.Véase vii. 67.
  • 10.Véase x. 11.
  • 11.Véase xi. 1, 2.
  • 12.Véase viii. 52; xi. 5.
  • 13.αἴτιον y ὕλη.
  • 14.Véase iv. 27; v. 26; ix. 9, § 3.
  • 15.σπερματικὸς λόγος (utilizado por Justino para referirse a Cristo), iv. 14, 21; vi. 24; ix. 1, hacia el final.
  • 16.πνεῦμα. Esto generaba tensión (τόνος), que daba lugar a expansión y contracción (compárese con nuestra atracción y repulsión) y otorgaba a las cosas forma, cualidad y relación.
  • 17.Véase vi. 36, § 2; ix. 1, § 4.
  • 18.v. 13, 32; x. 7. La doctrina de la ἐκπύρωσις era heraclítea. Compárese 2 Pedro iii. 7; Justino Mártir, Apología i. 20; ii. 7.
  • 19.παλιγγενεδία, vii. 19; xi. 1. Compárese san Mateo xix. 28.
  • 20.πνεύματα.
  • 21.Véase iv. 40; x. 1.
  • 22.ἄνω κάτω. vi. 17; ix. 28.
  • 23.Véase iv. 46.
  • 24.ἅπαντα ῥεῖ, ii. 17; iv. 3, hacia el final, 36; v. 10; vi. 15; vii. 25; ix. 19; x. 7.
  • 25.Véase iii. 16; xii. 3.
  • 26.v. 33; vi. 15, o ζωή, una inhalación del aire.
  • 27.Véase ii. 1; ii. 4; v. 27.
  • 28.Véase xi. 1.
  • 29.ii. 17; iii. 7, 16; v. 27, etc., y a esto lo llama Dios, iii. 5; v. 10; xii. 26.
  • 30.Véase iv. 4.
  • 31.Véase vi. 30.
  • 32.Véase Digesto, xxviii. 4. 3.
  • 33.ἀταραξία, ix. 31.
  • 34.Véase iv. 3; vii. 17; xi. 18, § 7, etc.
  • 35.Véase xii. 25.
  • 36.Véase iv. 7.
  • 37.Véase ii. 2; iii. 16; vi. 16, etc.
  • 38.xii. 5; vi. 44; viii. 17; iii. 3; ix. 1. Llega a llamar a la Naturaleza Suprema πρεσβυτάτη τῶν θεῶν, ix. 1.
  • 39.xii. 28; iii. 16; viii. 19: ὁ ἥλιος καὶ οἱ λοιποὶ θεοί.
  • 40.Véase iv. 3, § 2; viii. 17; xi. 18, § 1.
  • 41.Véase ii. 11; vii. 70.
  • 42.Véase ix. 11, 27, 40.
  • 43.Un precepto estoico.
  • 44.Compárese con Juliano, Los césares 421.
  • 45.Séneca, Epístolas 54, 102; Consolación a Polibio 28; Consolación a Marcia 25.
  • 46.Véase iii. 3.
  • 47.Véase xii. 5.
  • 48.Véase iv. 21; xi. 3; xii. 31.
  • 49.Véase v. 29; ix. 2.
  • 50.xi. 3; Epicteto, Disertaciones i. 29, § 28; i. 24, hacia el final; iii. 13, § 14.
  • 51.Véase v. 10.

La Bibliografía (en inglés) de Haines sigue a este ensayo; el tratamiento de esta edición sobre el tema se encuentra en Estoicismo moderno.